La ciudad de los ataúdes abandonados: crónica de un puerto bajo la viruela
Este texto periodístico se basa en el libro Valparaíso en 1905: la viruela que arrasó la ciudad, de Andrés García Lagomarsino, el cual relata cómo esta plaga dejó en evidencia el universo insano que dominaba la ciudad: falta de agua potable para la clase obrera, sistema anacrónico de desagües, inundaciones infecciosas, insalubridad urbana, marginalidad social y desasistencia de la infancia e incultura, entre otras calamidades.Y que será presentado en el Museo de Historia Natural de Valparaíso el viernes 26 de junio a contar de las 17:00 horas.
Por las calles empinadas de Valparaíso el aire huele a azufre, desinfectante barato y muerte. Corre el invierno de 1905 y la joya del Pacífico se ha convertido en un inmenso lazareto a cielo abierto. Las campanas de las iglesias ya no doblan por los muertos; el sonido se ha vuelto una tortura cotidiana que las autoridades prefieren silenciar.
Abajo, en el "Plan", los comerciantes ingleses, alemanes y la élite chilena intentan mantener a flote el orgullo del puerto comercial más importante de la costa occidental. Pero arriba, en la periferia de los cerros, donde las viviendas de fonola y desecho se amontonan sin alcantarillado ni agua potable, se libra una batalla perdida.
La viruela no es nueva, pero este año ha entrado con una ferocidad salvaje. El virus no discrimina, pero prefiere el hacinamiento. En los conventillos, donde diez o quince personas comparten una sola habitación, basta un estornudo para condenar a una estirpe entera. Los cuerpos comienzan a cubrirse de pústulas dolorosas y la fiebre devora la lucidez de los enfermos en cuestión de días.
El terror al Lazareto
El miedo se contagia más rápido que la misma peste. La gente oculta a sus enfermos. Saben que si la policía sanitaria —la temida "Comisión de Alcaldes"— descubre el brote, los infectados serán arrancados de sus camas para ser llevados al Lazareto de Playa Ancha o de El Barón.
Llamar "hospital" a esos lugares es un eufemismo que la prensa de la época apenas se atreve a cuestionar. Son galpones de hacinamiento donde la tasa de mortalidad supera el 55%. Quien entra al lazareto rara vez regresa a pie; los vecinos aseguran que la única salida es en una carreta municipal, envuelto en una sábana impregnada de cal de desecho. Para evitar el encierro, las familias esconden a los moribundos en los rincones más oscuros de sus ranchos o bajo montones de ropa sucia.
Escenas del colapso urbano
La crisis ha quebrado cualquier rastro de dignidad urbana. En las esquinas de los cerros Toro, Cordillera y Santo Domingo, se vuelven habituales las escenas que parecen sacadas de la Europa medieval. Desesperadas, algunas familias sacan los cadáveres de sus niños por las noches y los dejan tirados en las aceras públicas, esperando que las carretas de la beneficencia se los lleven de forma anónima. No hay dinero para entierros, no hay ataúdes suficientes, y los cementerios locales comienzan a cavar fosas comunes a destajo.
A las puertas de la Intendencia, los médicos y estudiantes de medicina llegados de Santiago intentan levantar vacunatoriosmóviles. Pero la ciencia choca con el rumor y la desconfianza. Entre la población circula el mito de que la vacuna de linfa ternera es un invento del gobierno para "marcar" a los pobres o transmitirles enfermedades animales. Para combatir el absentismo, las autoridades se ven obligadas a implementar medidas desesperadas: la policía ofrece boletos de rifa y pequeños obsequios a cambio de que los ciudadanos pongan el brazo bajo la aguja.
Un silencio de tumba
Al terminar el año, cuando el brote finalmente comience a retroceder dejando más de 6.000 tumbas nuevas en una población diezmada, Valparaíso ya no volverá a ser el mismo. La epidemia de 1905 desnudó las miserias de un Chile que celebraba el progreso de sus palacios y sus tranvías eléctricos, mientras ignoraba la urgencia sanitaria de sus cerros.
Un año más tarde, en agosto de 1906, un gigantesco terremoto destruirá físicamente gran parte de la ciudad. La historia oficial recordará el sismo, pero el dolor callado e invisible de la viruela de 1905 quedará marcado para siempre como la peste que borró a comunidades enteras de la memoria porteña.
Claudio Ampuero
Encargado MuseoLAB-Aprendizaje