El aura de Emilio Dubois: Bandido, justicia popular y fe colectiva en el Valparaíso de 1900
Este viernes 21 de agosto, a contar de las 17:00 horas, la sala MuseoLab-Aprendizaje del Museo de Historia Natural Valparaíso será el epicentro del conversatorio sobre unos de los personajes más enigmáticos, venerados, cuestionados y estudiados de Valparaíso. Emilio Dubois, aquel ciudadano francés acusado de múltiples crímenes será el motivo perfecto para que el escritor y periodista, Andrés García Lagomarsino, nos cuente parte de su historia y de su legado que se mantiene hasta el día de hoy.
En los albores del siglo XX, Valparaíso no solo crujía bajo el impacto de las réplicas telúricas del devastador terremoto de 1906, sino también bajo la grieta invisible de una profunda tensión social. Entre el hedor a escombros, la miseria popular de las quebradas y el lujo aristocrático del plan, emergió la figura de Louis-Amédée Brihier Lacroix, inmortalizado para siempre bajo el seudónimo de Emilio Dubois. ¿Cómo fue posible que un aventurero francés, acusado de ser un impiadoso asesino en serie, terminara convertido en el santo de las causas perdidas y en un símbolo inextinguible de la identidad porteña?
Para descifrar este enigma hay que acudir a la evidencia documental que el periodista e investigador Andrés García Lagomarsino ha rescatado en obras como Las Cartas de Emilio Dubois. La investigación de García Lagomarsino expone cómo el mito no se gestó en la fantasía popular de forma fortuita, sino en las propias palabras del acusado publicadas por la prensa de la época —particularmente en diarios de combate como El Chileno— y en la lectura sutil que la clase trabajadora hizo de sus actos.
La anatomía de una injusticia percibida
A principios de 1900, Valparaíso era el puerto principal del Pacífico Sur, pero también una caldera de desigualdad. Por un lado, las élites comerciales y prestamistas extranjeros acumulaban riqueza; por el otro, las sociedades obreras y los sectores populares enfrentaban explotación, abandono estatal y una justicia marcadamente clasista.
Cuando se le imputó a Dubois el asesinato de usureros y comerciantes extranjeros ricos, el imaginario colectivo no vio en él a un vulgar criminal, sino a una suerte de Justiciero o "Robin Hood" urbano. Dubois jamás usó armas de fuego contra chilenos ni contra sectores vulnerables. En sus correspondencias e interrogatorios desde el calabozo, desplegó una elocuencia notable, modales finos y un discurso de implacable inocencia que desafiaba de frente al estatus quo judicial.
Como rescata García Lagomarsino a través del epistolario del acusado, Dubois entendió a la perfección la comunicación de su tiempo. Supo proyectar la imagen de un perseguido político y un chivo expiatorio del propio sistema. Las sociedades obreras de Valparaíso y Viña del Mar no tardaron en movilizarse, colmando las plazas Echaurren y Hontaneda en multitudinarias manifestaciones para exigir su indulto. La masa popular no defendía el crimen: protestaba contra una institucionalidad en la que nunca había creído.
El nacimiento del mito frente al pelotón
El clímax de esta construcción simbólica ocurrió el 26 de marzo de 1907 en el patio de la cárcel de Valparaíso. Dubois rechazó que le vendaran los ojos, fumó un último habano y miró fijamente al pelotón de fusilamiento proclamando su inocencia hasta el suspiro final.
Aquel acto de aplomo frente a la muerte desconcertó al poder e inmortalizó al hombre. Si la justicia del Estado lo condenó a la fosa común en el Cementerio N° 3 de Playa Ancha, el pueblo le otorgó el fuero divino. En torno a su figura nació una animita que, lejos de apagarse con las décadas, no ha parado de crecer.
Que un forastero se transformara en el epicentro del culto popular porteño demuestra que los mitos urbanos de Valparaíso no entienden de nacionalidades, sino de pertenencia emocional. Dubois encarnó la resistencia contra los abusos de la época, transmutando una tragedia policial en una mitología viva. Hoy, su cenotafio cubierto de placas de agradecimiento confirma que el francés no solo cruzó el océano para encontrar su fin en los cerros del puerto, sino para quedarse para siempre en el corazón del imaginario popular.
Claudio Ampuero. encargado MuseoLab-Aprendizaje